miércoles, 26 de octubre de 2016

Introducción.


Todos y cada uno de nosotros, a nivel individual, sin esperar a que los demás actúen, podemos hacer mucho para frenar el cambio climático. Qué puedo hacer yo, aparte del apagar luces y motores encendidos innecesariamente, en mi casa o en mi centro de trabajo, de cerrar grifos, de poner los electrodomésticos a plena carga y máxima eficacia, de aislar mi vivienda y cerrar o regular a la baja los radiadores antes que abrir ventanas (también en mi trabajo), de reducir el uso de bolsas y envases de plástico, de reutilizar todo lo reutilizable por mi mismo o por terceras personas, de reciclar absolutamente todo en vez de tirarlo directamente a la basura.

Los gobiernos del mundo y las grandes instituciones y asociaciones deben tomar medidas importantes a fin de detener o minimizar el cambio climático. Pero eso no nos exime a los particulares para que actuemos en la parte que nos corresponde. En primer lugar, asociándonos y presionando a aquéllos para que pongan en práctica todo lo acordado en las cumbres y congresos internacionales, pero también actuando en nuestra vida diaria de una forma más responsable. Porque no podemos fiar la resolución de este problema solo a que las altas instancias actúen. ¿Y si no lo hacen o lo hacen tarde o se quedan cortos?

Es tal el derroche, despilfarro y consumo desmesurado, que sin renunciar a (casi) nada, podríamos hacer mucho para aliviar la enorme presión a la que sometemos al planeta. De una manera sencilla, sin necesidad de leerse complicados estudios, solamente aplicando el sentido común. Se trataría de ir hacia un consumo sostenible, seleccionando proactivamente y de una manera reflexiva qué y cuánto compramos, de dónde procede, cómo lo usamos. La humanidad no puede seguir igual. El planeta no soportará tanta carga. Porque, además, los habitantes de los países emergentes aspiran a ser consumidores como nosotros.

Cuando estamos enfermos y, en especial, si tenemos alguna indisposición en el aparato digestivo, tenemos buen cuidado de qué ingerimos y en qué cantidad, hasta alcanzar la situación de equilibrio anterior. De la misma forma, deberíamos preocuparnos por el trato que damos al planeta que habitamos. No podemos seguir arrojando al aire, a la tierra y al agua de ríos, lagos y mares, ni en grandes ni en pequeñas cantidades, basuras y deshechos de todo tipo, ni humos ni gases contaminantes (incluso tóxicos). Ni productos químicos de uso doméstico, agrícola, ganadero o industrial, que utilizamos muchas veces a mansalva, sin dosificarlos escrupulosamente, de tal manera que gastemos solo la mínima (pero suficiente) cantidad posible.

© Enero 2016 José Luis Sáez

martes, 25 de octubre de 2016

Comprar menos cosas es mejor. Menos cosas, pero de buena o aceptable calidad.

Comprar menos cosas no implica, necesariamente, gastar menos, si esas cosas son de una calidad buena o aceptable. Menos pero mejores.

En la década de los 70 del siglo pasado aspirábamos a comprarnos una camisa polo cada tres años. La compra de un Lacoste o un Fred Perry nos suponía un porcentaje importante de nuestro sueldo mensual por lo que nos lo pensábamos mucho antes de comprar. Pero eran de una gran calidad, duraban años y años sin perder el color ni deteriorarse. Casi formaban parte de nuestra personalidad. Veíamos venir desde lejos a nuestros amigos, los distinguíamos por el color de su polo. Digamos que nuestro ideal era tener 3 polos en el ropero.

Ya a finales del siglo pasado empiezan a llegar, desde países muy lejanos, prendas a precios irrisorios, de tal forma que ahora, por mucho menos dinero, compramos 3 polos al año, en vez de 1 cada 3. Así pues, en nuestro ropero podemos tener 10 polos sin arruinarnos, de los que solo usaremos habitualmente 3 ó 4. Por supuesto son de mucha peor calidad. Incluso algunos de los polos de buena marca que me he comprado últimamente, en buenas camiserías, han perdido su color y forma al segundo año. Lo de perder el color es, por si mismo, sospechoso. Al lavar prendas de mala calidad las primeras veces podemos verter al agua tintes, el apresto y minúsculas partículas de fibras producidas en el corte de las propias prendas. También deberíamos tener en cuenta que esa prendas las llevamos en contacto con nuestra piel.

(Hace unos años leí que un insigne economista, de cuyo nombre no me acuerdo, ponía un ejemplo parecido para explicar la deslocalización de nuestra industria, luego no soy muy original).

Bien, antes teníamos 3 polos y ahora 10. La producción de esos 7 polos de más para cientos de millones de consumidores supone un consumo brutal de materias primas, incluida la energía para su producción y transporte, energía que en su mayoría procede de combustibles fósiles. No es lo mismo fabricar y transportar 30 millones de prendas que 100 millones. Ni 300 millones que 1.000 millones.

Tener en nuestro ropero, digamos que 5 polos, no implica gastar menos si los compramos de mejor calidad, mejor materia prima, mejor acabado, que duren más y conserven bien su color y forma. Al final, el productor inicial puede recibir la misma cantidad vía precio, en vez de por volumen. Menos pero mejor.

Pero este ejemplo lo podríamos extrapolar a casi todo lo que compramos. Hay que ver la cantidad de trapos, zapatos y zapatillas, artilugios, cacharros, mecanismos, juguetes, electrodomésticos que tenemos en nuestras casas, algunos que apenas usaremos, que acabarán en el trastero o en el vertedero.

Escribo estas líneas a principios de Enero, en plena desmesura navideña. En Navidad y Reyes abrumamos a los niños con tantos y tan grandes juguetes, muchas veces de plástico, que colmamos sus habitaciones. Existe una competencia entre abuelos, tíos y demás familia, a ver quién hace el regalo que abulte más.

Compramos de todo, queremos tener el aparato más moderno desechando el que tenemos en perfecto uso. Me llama la atención cuando voy en verano de vacaciones que todo el mundo tiene una desbrozadora con motor a gasolina para cortar cuatro hierbajos que rodean su casa. ¿Dónde quedaron las hoces y guadañas para tan pequeña tarea?

Nos cansamos enseguida de las cosas, que renovamos en plazos muy cortos. Luego nos decimos que lo que hemos tirado era mejor.

Menos es mejor, por lo menos para la salud del planeta. (El arquitecto Mies van der Rohe dijo que menos es más).

© Enero 2016 José Luis Sáez

lunes, 24 de octubre de 2016

Comprar cosas producidas más cerca: menos transporte y/o menos cámara frigorífica es mejor.

Mi frutero vende en Junio excelentes cerezas a 3 euros el kilo, recolectadas a 250 kms. de donde vivo.

Mi frutero vende en Diciembre excelentes cerezas a 15 euros el kilo, recolectadas en el otro Hemisferio terrestre, a unos 11.000 kms. de distancia.

Si compras, pagas el capricho de comer cerezas en Navidad. Pero esa enorme diferencia de precio también se debe, en gran medida, a los costes del transporte y a los costes de conservación en contenedor refrigerado y, seguramente, en embalajes especiales que ralentizan la maduración, el ablandamiento o el deterioro de las frutas. O sea, a base de gastar mucho combustible y productos derivados del petróleo.

Evidentemente, pocas personas comen cerezas o melón en invierno. Pero el ejemplo ilustra bien el desorbitado gasto de energía en el transporte del comercio internacional. Muchos de los productos no perecederos que compramos han sido transportados desde lugares situados a miles de kilómetros, hasta 11.000 kms. en línea recta: conservas de alimentos, la mayoría de la vestimenta que usamos y sus complementos, textil para el hogar, adornos, electrodomésticos, muebles, incluso coches.

Hay más de 80.000 barcos cargueros en el mundo en casi constante funcionamiento realizando largas travesías, de casi un mes de duración. Algunos son tan colosales que sus enormes motores pueden consumir hasta 100.000 litros diarios de diesel. Sin contar que también hacen el camino de retorno, con poca carga o con los materiales que servirán para fabricar aquellos productos terminados.

Y también hay unos cuántos miles de aviones. Entre aviones de pasajeros y aviones de carga coinciden en el cielo casi constantemente alrededor de 10.000 aviones. El consumo de combustible puede superar fácilmente los 1.000 litros de queroseno por cada 100 kilómetros recorridos por un avión. O sea, para recorrer 11.000 kms., un avión quema más de 110.000 litros de queroseno.

Barcos y aviones cargueros (y trenes y camiones) se seguirán utilizando en este número tan grande si los consumidores no discriminamos lo que compramos en función de la distancia que tienen que recorrer los productos desde sus centros de producción o recolección hasta llegar a nuestras manos. Debemos comprar preferentemente las cosas producidas lo más cerca posible a nosotros. (He visto hace unos días un pijama fabricado a 59 kilómetros de donde vivo). Mejor que sean de nuestra región o país, si no, que sean de naciones vecinas, más cercanas. Dicho sea de paso, si Europa hubiera procurado que parte de la deslocalización de su industria se hubiera hecho en el norte de África, quizá la situación actual sería diferente. Si tus vecinos son más prósperos de lo que son, no vienen a tu país. Y actúan como un colchón de seguridad.

Hasta tal punto debe llegar nuestro afán que, cuando hagamos un largo viaje o estemos de vacaciones, deberíamos consumir el agua (si es buena, que sea del grifo), la cerveza, el vino, la leche, el queso, la fruta, la verdura, etc. de la región en donde estemos. Y si vivimos en pueblos o en ciudades pequeñas seguro que tenemos la oportunidad de consumir quesos, frutas y hortalizas de las huertas de las aldeas cercanas, que han necesitado poco transporte y quizá ninguna cámara de refrigeración.

Cuanto menos transporte y cuanta menos refrigeración menos combustible quemado. Menos es mejor.

© Enero 2016 José Luis Sáez

domingo, 23 de octubre de 2016

Consumir productos de temporada cercanos: sin cámara frigorífica o menos cámara es mejor.

Queremos, porque las tenemos a nuestra disposición, comer cualquier fruta y hortaliza durante todos los días del año. Pero si las consumimos fuera de su temporada natural de recolección, habrán necesitado para su conservación cámaras para mantenerlas refrigeradas y a presión y aireación controladas, con el consiguiente consumo de energía eléctrica durante muchas semanas o meses. Incluso, puede que también hayan necesitado ser sometidas a procesos de conservación y ralentización de la maduración mediante aditivos conservantes.

Debemos consumir frutas y hortalizas frescas, sin pasar por cámara o, si lo hacen, que sean cuantos menos días, mejor. Asimismo, deberíamos comer frutas y hortalizas frescas procedentes de huertas cercanas, muchas veces cultivadas con procedimientos más ecológicos. Y comercializadas por cooperativas de consumo comarcales.

Indico a continuación en qué estaciones se recolectan las frutas y hortalizas más comunes. A partir de esas fechas, cuanto más lejano sea el momento del consumo, más gasto de energía habrán requerido para su refrigeración y conservación. Menos cámara frigorífica es mejor.

Los plátanos se recolectan en cualquier época del año.
Los tomates se recolectan durante todo el año dentro o fuera de invernadero. Fuera del invernadero, sólo a final de primavera, en verano e inicio de otoño.
Los pimientos se recolectan en verano y primera mitad del otoño.
El fresón, los dos últimos meses de invierno y en primavera.
Las cerezas, en la segunda mitad de primavera y primera mitad de verano.
Los albaricoques, en la segunda mitad de primavera y en verano.
Ciruelas, final de primavera y en verano.
Sandía, a final de primavera y en verano.
Melón, segunda mitad de primavera, verano e inicio de otoño.
Aguacate, final de primavera, en verano, e inicio de otoño
Melocotón, nectarina y paraguaya, en verano.

Manzanas, capaces de resistir frescas sin refrigeración durante bastantes días:
Manzana Royal Gala, desde mediados de verano y todo el otoño.
Manzana Golden a final del verano e inicio de otoño.
Manzana Starking y Manzana Fuji al inicio de otoño.
Manzana Granny Smith en otoño.
Manzana Reineta y manzana Verde Doncella, en otoño e invierno.

Peras (la pera no espera):
Pera Limonera y Ercolini, en verano.
Pera de Agua o Blanquilla, segunda mitad del verano.
Pera Conferencia, en otoño.

Uva, desde mediados de verano y casi todo el otoño.
Chirimoya, en otoño.
Kiwi, otoño e invierno.
Limón, segunda mitad de otoño, invierno y primavera.
Mandarina, segunda mitad de otoño e invierno.
Naranja, segunda mitad de otoño, invierno e inicio de primavera.


FRUTAS CLIMATÉRICAS:

Son las frutas que siguen madurando una vez recolectadas, gracias a que segregan etileno natural. Por eso se recolectan en su etapa final todavía verdes, evitando así su deterioro en el proceso de recolección y distribución.
Frutas climatéricas son:
aguacate, arándano,
caqui, chirimoya, ciruela,
guayabo,
higo,
kiwi,
mango, manzana, melocotón y albaricoque, melón y sandía,
papaya, plátano y banana, pera.
Y el tomate.

El proceso de maduración se acelera si metemos las frutas climatéricas dentro de una bolsa de papel, las envolvemos en papel, tela o paño, o las ponemos dentro de una cazuela con la tapadera puesta. Así, el etileno no se escapa, concentrándose alrededor de la fruta. Puede juntarse diferentes tipos de frutas.

Frutas no climatéricas, que no maduran una vez recolectadas, aunque sí se ablandan, son: cerezas, cítricos (naranjas, mandarinas, limones, limas, pomelos), frambuesas, fresas, granadas, moras, nísperos, piñas, uvas. Y los pimientos, berenjenas, calabacín y pepinos.

© Enero 2016 José Luis Sáez

sábado, 22 de octubre de 2016

Menos coche: coche menos pesado, menos caballos, menos velocidad, menos kilómetros, menos acelerones


Uno de los grandes problemas del planeta son los coches: su fabricación y transporte hasta el punto de venta. Y su utilización para desplazarnos, propulsados por combustibles fósiles quemados en el interior de un motor y la consiguiente expulsión de gases sumamente contaminantes al exterior.

Sin renunciar a tener coche podemos hacer muchas cosas para disminuir esa emisión de gases. Aparte de tenerlo perfectamente revisado, empecemos por las cosas más sencillas:

Utilicemos menos el coche. A veces hay alternativas viables: andar en los pequeños trayectos, usar el transporte público, compartir auto.

Conduzcamos por debajo o sin sobrepasar las velocidades legales. Pequeños incrementos en la velocidad aumentan considerablemente el consumo de combustible.

Se puede conducir de manera ágil, y sin embargo suave, sin acelerones que tanto aumentan el consumo, ni frenazos que tanto marean a los acompañantes.

Optemos por itinerarios más cortos. Hagamos menos kilómetros en nuestros viajes y excursiones. Vamos a disfrutar y conocer algo en concreto (una ciudad, un paisaje), no deambulemos por toda la región como culos de mal asiento, mareando a nuestros pasajeros e incrementando las situaciones de riesgo.

Compremos coches más pequeños, con menos peso, menor consumo de combustible, menos emisiones de CO2. Con menos caballos. Conducimos coches con caballos de sobra, espacio de sobra, casi siempre con un solo ocupante.

Un coche utilitario modesto pesa alrededor de 1.200 kgrs. Un coche grande, tipo todoterreno, puede llegar a pesar unos 2.000 kgrs. Arrastrar permanentemente esa chatarra de más, esos 800 kilogramos de más, equivalente al peso de 12 personas, supone un enorme consumo de combustible. Usted quizá pueda permitírselo, pero el planeta no. Yo, en mi última renovación de coche de hace dos años y medio, perdí 230 kgrs. de peso, 10 caballos, y tengo coche suficiente. Y lo noto en el consumo, casi 2 litros menos por cada 100 kms., claro que el de ahora es más moderno y está nuevo.

Por qué una persona, casi siempre hombre (a los hombres los trapos les da igual, pero se pierden por el coche), se compra un coche grande y potente. Hasta que, hace muchos años, me dieron uno de mis primeros cursos de comercial, creía que las cosas las comprábamos por pura necesidad. Pero no, había otras necesidades, otros móviles de compra. Me costó asimilar que también se compraba por orgullo, soberbia, vanidad, en definitiva, por presumir.

Por el bien del planeta, tener un cochazo tendría que ser mal visto. Admiremos a quien tiene un coche pequeño, bonito, ágil para moverse y aparcar en la ciudad. Y mucho más si consume poco combustible, o emplea energías más limpias.

Cuando algún conocido, aunque sea nuestro padre o nuestro hijo, quiera impresionarnos con el cochazo que acaba de comprar, no hagamos aprecio alguno, no admiremos su adquisición. Yo, por mi parte, no pienso mantener relaciones comerciales con agente de seguros, banquero, tendero, proveedor, comercial, etc. que pasee su cochazo por delante de mis narices. Será envidia, pero no con mi dinero.

Menos coche es mejor, también para el bolsillo.

© Enero 2016 José Luis Sáez

viernes, 21 de octubre de 2016

Comer menos carne es mejor (si actualmente comes mucha o muchísima carne).

Hay personas que se alimentan consumiendo solo productos de origen vegetal (veganos o vegetarianos estrictos, que incluso pueden llegar al extremo de no consumir miel). Este tipo de alimentación no aporta vitamina B12, indispensable para el correcto desarrollo y funcionamiento del cuerpo humano. No obstante, la vitamina B12 puede adquirirse en las farmacias. Por otra parte, las proteínas de origen vegetal no nutren ni se asimilan tan bien como las de origen animal.

Por eso, hay personas, también vegetarianas, que admiten el consumo de algunos productos de origen animal, como lácteos y huevos, producidos por los animales a lo largo de muchos años de su vida, sin necesidad de sacrificarlos, y que aportan algo de vitamina B12. Seguramente, los humanos en un principio se alimentaban así.

Son las carnes de toda clase de animales las que complementan eficazmente nuestra alimentación con proteínas más ricas y más fácilmente asimilables, además de proporcionarnos la citada vitamina B12.

En los países no desarrollados  las carnes se obtienen de muy diversas formas, como nosotros hasta hace medio siglo. En las zonas rurales alimentábamos a los animales que nos surtían de carne, leche y huevos con poco gasto de recursos.

Las gallinas, omnívoras, picoteaban por zonas aledañas al pueblo toda clase de semillas silvestres, insectos, pequeños animalitos del suelo y los residuos orgánicos que tirábamos de los hogares. Solo al final del día volvían a casa y se les echaba unos puñados de granos del cereal menos selecto. Además de los huevos, comíamos pollos jóvenes algunos días festivos y gallinas de más edad. Normalmente, sobraban huevos para vender.

Los dos o tres cerdos que criábamos por familia (uno de ellos para la venta), también omnívoros, comían absolutamente todo lo orgánico que ahora tiramos a la basura: las mondaduras, las hojas externas de las hortalizas, los restos de la comida huesos incluidos, los mendrugos de pan, el salvado (cáscaras de los cereales), las patatas que recolectábamos que por su pequeño calibre no eran aptas para la venta ni siquiera para mondar en nuestra cocina. Se completaba su alimentación con harina de cebada de producción propia y con berzas. Del cerdo se aprovechaba absolutamente todo, hasta la sangre para hacer morcillas. Un par de cerdos por familia al año daban para muchos chorizos, morcillas, jamón, lomo, tocino y manteca, orejas y rabo, morro y papada.

Las ovejas y las cabras se alimentaban pastando por los terrenos baldíos del pueblo y, también gratuitamente, por las fincas cultivadas desde la cosecha del cereal hasta la próxima siembra. Si acaso, el propietario de un rebaño sembraba una de sus parcelas de alfalfa y esparceta para dar forraje a sus ovejas los días de nieve. Los corderos y la leche se vendían. Comíamos carne de oveja, incluso se comía su sangre cocida. Cordero solo comíamos en ocasiones especiales. También criábamos conejos, con hierbas recolectadas en los linderos y en las orillas de los caminos. Y cazábamos aves y conejos.

En el pueblo no había ganado vacuno por lo que este tipo de carne casi no se consumía. Pero sí consumíamos pescado traído de fuera: anchoas (boquerones), sardinas, chicharros y jureles, abadejo y bacalao, pescados muy apreciados por los nutricionistas.

Con un coste mínimo de recursos teníamos un máximo aprovechamiento. A tal punto que hasta los excrementos de estos animales y de los mulos de labor, mezclados con la paja que cubría los suelos de los establos, constituían un eficaz abono para las tierras de cultivo.

Entonces, hace medio siglo, el consumo medio de carne per cápita en España era de unos 20 kilos al año. Quizá escaso, quizá ajustado. Pero es que ahora se habla de que el consumo de carne se ha cuadruplicado. Incluso en algunos países el consumo es superior a 100 kilos de carne por persona y año. Un salto brutal. Un consumo muy perjudicial para la salud.

Pero es que, además, producir tanta carne es muy perjudicial para la salud del planeta. Se hace de forma intensiva, en granjas con métodos prácticamente industriales.

Transformar proteínas vegetales, que podríamos consumir directamente, en proteínas animales es poco eficaz, ya que para producir un kilo de carne de vacuno se necesitan unos 15 kilos de cereales, para un kilo de porcino unos 5 kilos de cereales, para un kilo de pollo unos 3 kilos de cereales. El 30% de la superficie del planeta está dedicada a la ganadería, superficie que en gran parte ha tenido que ser deforestada, para dedicarla a la producción de cereales y leguminosas para la alimentación de los animales. Es tan poco eficiente que una hectárea dedicada a la agricultura puede multiplicar hasta por 20 el número de personas alimentadas, con respecto a una hectárea dedicada a la ganadería.

Es un proceso largo muy contaminante, que consume miles de litro de agua por kilo de carne producido, que consume mucha energía procedente del petróleo (transportes, iluminación, temperaturas), que requiere muchos fertilizantes, productos fitosanitarios y medicamentos entre los que se incluyen antibióticos. Pero es que, además, la fermentación de los vegetales en el aparato digestivo del ganado vacuno produce tal cantidad de metano que constituye casi el 20% de los gases contaminantes de efecto invernadero, a lo que hay que sumar las ingentes cantidades de excrementos de vacas, cerdos, ovejas y aves que contaminan aire y aguas. No es una broma: en el mundo hay unos 1.200 millones de vacas, que pesan alrededor de 500 kilos cada una, unos 750 millones de cerdos que pesan alrededor de 100 kilos cada uno, y muchos miles de millones de aves (pollo, pavos, patos), conejos, etc.

Los 20 kilos de hace medio siglo quizá eran escasos, pero 80 kilos ahora son demasiados. Y si 80 es la media, es porque algunas personas consumen más de esa cantidad. Cuarenta kilos al año serían suficientes, poco más de 100 gramos diarios, aunque los jóvenes en edad de crecimiento y las mujeres en edad fértil consuman algo más. En esta medida cuenta todo, no solo el filete y la chuleta, también los trozos de pollo, cerdo, calamar y gambas de la paella, los trozos de vacuno, jamón, tocino y pollo del cocido, el jamón y el trozo de chorizo de las lentejas y la loncha de jamón del arroz blanco. Debemos variar entre las diversas carnes rojas (vacuno, cerdo, incluido jamón y embutido, ovino) y carnes blancas (pollo, pavo y conejo). Sin olvidar que también hay que comer a la semana por lo menos 2 raciones de pescado, mejor 3 ó 4 raciones, preferiblemente de pescados de tamaño pequeño como anchoa (boquerón), sardina, jurel o chicharro, antes que de pescados de gran tamaño como atún (bonito), salmón, pez espada (emperador), cazón o merluza.

Así pues, si actualmente consumes mucha carne le conviene a tu salud y a la salud del planeta disminuir su consumo. Por ejemplo, compartiendo los filetes y chuletones. E incrementar en la misma proporción el consumo de legumbres o leguminosas (lentejas, garbanzos, alubias o judías, soja), de verduras y hortalizas, frutas, frutos secos y cereales (arroz, maíz y pan y harinas derivadas del trigo).

© Febrero 2016 José Luis Sáez