Índice de entradas

Índice de entradas:
1. Introducción.
2. Comprar menos cosas es mejor. Menos cosas, pero de buena o aceptable calidad.
3. Comprar cosas producidas más cerca: menos transporte y/o menos cámara frigorífica es mejor.
4. Comprar productos de temporada cercanos: sin cámara frigorífica o menos cámara es mejor.
5. Menos coche: coche menos pesado, menos caballos, menos velocidad, menos kilómetros, menos acelerones. Mejor: alquilar por minutos pequeños coches eléctricos en algunas ciudades.
6. Comer menos carne es mejor (si actualmente comes mucha o muchísima carne).
7. Comer un poco menos, comer un poco mejor, andar un poco más: la dieta con sentido común.
8. Menos barbacoas, menos quemas, menos negligencias, menos fuegos. Causar un incendio, aunque sea involuntario, puede costarte mucho, incluso ir a prisión.
9. Menos climatización. La paradoja de demandar 26ºC en invierno y 20ºC en verano.
10. Menos productos químicos: de limpieza, de higiene, fitosanitarios.
11. Mucho mejor : comprar productos de limpieza ecológicos a granel, reciclando los envases, en Aranda de Duero, Gijón, Madrid, Miranda de Ebro (Arenal 110), Mollet del Vallés, Pinto, Pontevedra, San Vicente de Raspeig, Vitoria-Gasteiz...
12.Consumir mucha menos energía (y dinero) cambiando nuestros viejos cacharros. Algo sencillo: cambia tus bombillas a LED. Algo más gordo: hemos sustituido, casi gratis, nuestra antigua caldera comunitaria por una de condensación de gas natural.
13. Menos deforestación. Siembra y planta árboles con mi otro blog: http://plantararboles.blogspot.com

viernes, 15 de septiembre de 2017

Comprar menos cosas es mejor. Menos cosas, pero de buena o aceptable calidad.

Comprar menos cosas no implica, necesariamente, gastar menos, si esas cosas son de una calidad buena o aceptable. Menos pero mejores.

En la década de los 70 del siglo pasado aspirábamos a comprarnos una camisa polo cada tres años. La compra de un Lacoste o un Fred Perry nos suponía un porcentaje importante de nuestro sueldo mensual por lo que nos lo pensábamos mucho antes de comprar. Pero eran de una gran calidad, duraban años y años sin perder el color ni deteriorarse. Casi formaban parte de nuestra personalidad. Veíamos venir desde lejos a nuestros amigos, los distinguíamos por el color de su polo. Digamos que nuestro ideal era tener 3 polos en el ropero.

Ya a finales del siglo pasado empiezan a llegar, desde países muy lejanos, prendas a precios irrisorios, de tal forma que ahora, por mucho menos dinero, compramos 3 polos al año, en vez de 1 cada 3. Así pues, en nuestro ropero podemos tener 10 polos sin arruinarnos, de los que solo usaremos habitualmente 3 ó 4. Por supuesto son de mucha peor calidad. Incluso algunos de los polos de buena marca que me he comprado últimamente, en buenas camiserías, han perdido su color y forma al segundo año. Lo de perder el color es, por si mismo, sospechoso. Al lavar prendas de mala calidad las primeras veces podemos verter al agua tintes, el apresto y minúsculas partículas de fibras producidas en el corte de las propias prendas. También deberíamos tener en cuenta que esa prendas las llevamos en contacto con nuestra piel.

(Hace unos años leí que un insigne economista, de cuyo nombre no me acuerdo, ponía un ejemplo parecido para explicar la deslocalización de nuestra industria, luego no soy muy original).

Bien, antes teníamos 3 polos y ahora 10. La producción de esos 7 polos de más para cientos de millones de consumidores supone un consumo brutal de materias primas, incluida la energía para su producción y transporte, energía que en su mayoría procede de combustibles fósiles. No es lo mismo fabricar y transportar 30 millones de prendas que 100 millones. Ni 300 millones que 1.000 millones.

Tener en nuestro ropero, digamos que 5 polos, no implica gastar menos si los compramos de mejor calidad, mejor materia prima, mejor acabado, que duren más y conserven bien su color y forma. Al final, el productor inicial puede recibir la misma cantidad vía precio, en vez de por volumen. Menos pero mejor.

Pero este ejemplo lo podríamos extrapolar a casi todo lo que compramos. Hay que ver la cantidad de trapos, zapatos y zapatillas, artilugios, cacharros, mecanismos, juguetes, electrodomésticos que tenemos en nuestras casas, algunos que apenas usaremos, que acabarán en el trastero o en el vertedero.

Escribo estas líneas a principios de Enero, en plena desmesura navideña. En Navidad y Reyes abrumamos a los niños con tantos y tan grandes juguetes, muchas veces de plástico, que colmamos sus habitaciones. Existe una competencia entre abuelos, tíos y demás familia, a ver quién hace el regalo que abulte más.

Compramos de todo, queremos tener el aparato más moderno desechando el que tenemos en perfecto uso. Me llama la atención cuando voy en verano de vacaciones que todo el mundo tiene una desbrozadora con motor a gasolina para cortar cuatro hierbajos que rodean su casa. ¿Dónde quedaron las hoces y guadañas para tan pequeña tarea?

Nos cansamos enseguida de las cosas, que renovamos en plazos muy cortos. Luego nos decimos que lo que hemos tirado era mejor.

Menos es mejor, por lo menos para la salud del planeta. (El arquitecto Mies van der Rohe dijo que menos es más).

© Enero 2016 José Luis Sáez

1 comentario:

  1. Y estoy de acuerdo. Nos educaron para consumir, consumir, consumir, porque esa era la idea del desarrollo de las poblaciones para crecer, y no se tuvo en cuanta a la Naturaleza ni la vida de las personas. Ahora, somos "esclavos" del consumo y la Naturaleza, medio muerta.
    En fin, educar para una nueva forma de plantearse la vida como sociedad responsable y libre, será tarea difícil (no imposible), pero somos prisioneros de las ideas que nos han hecho creer los grandes poderes financieros, económicos y políticos.
    Ya es algo individual, y cada cual debe meditar su nivel de consumo y su responsabilidad.

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